miércoles, 19 de abril de 2017

Los cisnes negros de las transiciones


El jugo de lechosa de Linares Alcántara… En 1876 Guzmán Blanco terminó su período presidencial y se fue para París a descansar. Seleccionó como sucesor al general Francisco Linares Alcántara para que le cuidara el coroto por dos años. Sin embargo operó la ley de la patada histórica y Linares una vez presidente se apartó de la tutela de su jefe. Los jaladores de Guzmán lo acompañaron. Las gallinas comenzaron a cantar como gallos. Las mismas manos callosas de tanto adular al Guzmán “igualito al Libertador”, derribaban sus estatuas moteadas “el manganzón” y “el saludante”. Linares se transformó en el nuevo hombre providencial. Sin embargo en plena gloria, murió. Parece que se comió un dulce de lechosa (nada que ver con el de Chávez) en La Guaira y se envenenó. Todavía no se sabe si fue un accidente o un crimen. Lo cierto es que su muerte fue un cisne negro que lo cambió todo y aceleró el regreso de Guzmán. Las estatuas fueron reconstruidas y la jaladera… también.
Por cierto, cuando la caravana del entierro de Linares Alcántara pasaba frente a El Calvario, sonó un tiroteo y todo el mundo salió corriendo. El cadáver de Linares, apenas horas antes líder providencial de Venezuela, quedó solitario y abandonado en una urna en el medio de la calle. “Que solos que tristes se quedan los muertos”, hubiera recitado el gran Bécquer.
- La muerte de Rafael Urdaneta… Años atrás, en 1845, el ascenso de los liberales era imparable. Lucía agotado el tiempo de la Oligarquía Conservadora. Había consenso en que el hombre que garantizaba una transición calma era el General Rafael Urdaneta. Sin embargo, éste viajó a Europa en tarea de reconocimiento para la Independencia de Venezuela y se murió en París. Y adiós consenso. Tratando de salvarlo, Páez seleccionó como candidato a José Tadeo Monagas. La luna de miel duro hasta el asalto al Congreso en 1848. Y luego, la Guerra Federal. El régimen de los Monagas, corruptos y nepóticos sembró las semillas de la de la guerra. El cisne negro que lo cambió todo fue la muerte de Urdaneta.
- El riñón de Cipriano Castro… Castro era el “fefe” y Juan Vicente Gómez el segundón sin malicia, o así parecía. A Castro le supuraba un riñón y había que operarlo. Los médicos de aquí no se atrevían porque estaban amenazados, si fallaban morían. Castro dejó en el poder a su compadre Gómez, tan buen actor que las lágrimas salían de sus ojos de cocodrilo y rodaban por sus cachetes mientras le decía: Don Cipriano lléveme con usted. Castro se enternecía y Doña Zoila le decía deje al compadre en el coroto. Tal vez se preguntaba que si se iba Juan Vicente quién le iba a capar los gatos, “tiene manos de cirujano”. La enfermedad de Castro fungió de cisne negro. De haber sido un riñón sano, quien sabe que de rumbos hubiera tomado nuestra historia.
- La enfermedad de Diógenes Escalante… En 1945, el General Medina Angarita, o no podía o no quería dar paso a elecciones directas, universales y secretas en Venezuela. Además había una nueva generación política y militar emergiendo. Se logró como candidato de consenso al Embajador en Washington Diógenes Escalante, quien se comprometió a los cambios. Sin embargo enfermó y Medina seleccionó como nuevo candidato al Dr. Ángel Biaggini, se rompió el consenso… y vino el 18 de octubre. El cisne negro fue la enfermedad de Escalante.
Hay acontecimientos inesperados que marcan la historia, o la desvían. Unos de manera más drástica que otros. Hay otros que tal vez no sean propiamente cisnes negros, pero sí cisnes grises, como en 1958 el almirante Wolfang Larrazábal. ¿Por qué? Por su inmensa mentalidad democrática. Nos contó en cierta ocasión como algunos de sus compañeros cuando era presidente lo incitaban a que diera un golpe y se quedara en el poder. Y él les inquiría: ¿o sea que ustedes me pusieron aquí para que sacara a un dictador y ahora quieren que me convierta en otro? Si el almirante hubiera sucumbido a las adulancias, otro hubiera sido el destino de Venezuela.
Otro cisne gris fue la temprana muerte de Chávez. Hoy tuviera apenas 62 años. ¿Habría diferencias con esta espantosa crisis terminal si estuviera vivo? ¿Se hubiera eternizado Chávez más de lo que lo hará Maduro? La especulación el libre.
¿Y LOS CISNES DE ESTA TRANSICIÓN?
Con cisnes o sin cisnes, con la democracia me resteo, parece decir esta potenciada e inesperada (¿otro cisne negro?) rebelión de las masas. Un deslenguado me dijo que si no existiera un cisne negro… habría que inventarlo, porque es imperativo rescatar la democracia.
Adelante, por arriba de los cisnes, adelante.
Rafael Gallegos

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